19.- SICILIA

Carlos se levantó muy temprano. Tras su encuentro con Luci estaba hecho un lío, sobre todo por lo último que le había dicho: “no puedo competir con una muerta”. Necesitaba despejar la mente, así que salió a correr por la tapia de la Casa de Campo.

Apenas había pegado ojo dándole vueltas a qué decisión tomar. ¿Y si decirle que sí a María no era una buena idea? ¿Y si Luci tenía razón y lo hacía sólo por lástima? María le gustaba, le atraía su forma de llevar una enfermedad que él había vivido como una tragedia cuando entró en su vida. Pensaba también que le ofrecía una oportunidad de reconciliarse con la muerte, de aceptar definitivamente la pérdida de su madre, incluso de entender el comportamiento de su padre. Pero no quería comenzar a salir con ella por eso, quería hacerlo porque le divertía, porque le parecía muy guapa, porque era impredecible, porque le gustaba su culo, porque quería follar con ella y desvirgarse de una vez, joder.

Carlos se desvió de la tapia y pasó por el puente del arroyo culebra, donde la había conocido. Una sonrisa le apareció en el rostro cuando lo recordó. No hacía tanto de eso y todo había cambiado en su vida.

Después pasó junto al zoológico, se desvió siguiendo el camino junto al cauce del arroyo, donde se encontró con alguna que otra prostituta buscando clientes en la fría mañana, pasó por el claro de los toreros y terminó su carrera acelerando durante el último kilómetro en el paseo de los olmos, hasta llegar a la fuente junto a la estación de metro de Lago.

Mientras estiraba los gemelos apoyado en la valla del arroyo, alguien llegó por detrás y le tapó los ojos. Aquel tacto y aquel olor pertenecían sin duda a una persona: María. Carlos le quitó las manos de su rostro y se giró.

- ¿Qué haces aquí? –le preguntó.
- Buscarte – respondió ella.
- ¿Y cómo sabías dónde iba a estar?
- Tampoco es tan difícil, ¿no? O aquí muy tempranito, o en Hiber más tarde.

A Carlos aquella irrupción no le había hecho ninguna gracia. Ahora que precisamente estaba dudando sobre qué repuesta dar, María volvía a presentarse sin previo aviso. La chica metió su mano en el bolsillo trasero de su vaquero y sacó un papel doblado. Lo desdobló y se lo tendió a Carlos. Era un papel impreso con una reserva de avión.

- Ida y vuelta a Catania, para dos personas. Y ya tengo reservado un coche de alquiler para pasar dos semanitas en Sicilia.

De nuevo ella tomaba una iniciativa que le ponía contra las cuerdas. ¿Qué pretendía con ese viaje?

- No me hace ni puta gracia que me compres con dinero.
- ¿Cómo? – María alucinó con la reacción de Carlos.
- Pues eso, que tu dinero no va a hacer que quiera estar contigo.
- No te estoy comprando, Carlos, pero si tengo dinero y no voy a poder gastarlo en el futuro, ¿por qué no disfrutarlo ahora?
- Porque todavía no me lo he pensado. Todavía no sé si te voy a decir que sí o que no.

María seguía de buen humor. Parecía predispuesta a no enfadarse más. ¿Para qué? No quería estropear con enfados y malos rollos ninguno de los días de vida que le quedaban.

- Pues mira – le respondió- te vienes y te lo piensas en Taormina.
- No es tan fácil, tía. Tengo un curro, no puedo irme por la jeta.
- Joder, Carlos, son sólo quince días. Le pides unas vacaciones y punto.
- Las vacaciones se piden a principios de año, no puedo ahora cambiar el cuadrante de todos mis compañeros porque a ti te dé la gana. Las cosas no son tan sencillas en la vida real.
- Sé mejor que nadie cómo es la vida real: una vida en la que merece la pena disfrutar cada minuto porque dura muy poco. Por eso mismo voy a darte un consejo. Si no puedes pedirte quince días, deja el curro. Ya encontrarás otro.
- Todo el mundo en el paro, y yo voy a encontrar un curro porque tú lo digas.

María pensó unos segundos su respuesta porque sabía que podía sonar algo condescendiente, pero a estas alturas, había decidido no andarse con rodeos nunca más.

- Mi padre es un pez gordo en El Corte Inglés, a lo mejor te puede conseguir un trabajo mejor de lo que tienes.
- ¿No decías que no me estabas comprando?

Carlos no entendía la calma de María. Mientras que para él la ira iba acumulándose en cada palabra, María mantenía el tono de una charla amistosa, y eso le enfadaba aún más.

- Sólo quiero ayudarte – continuó ella con cierta decepción-. ¿Qué te pasa, Carlos? Creía que eras especial, que te gustaba, que podíamos comprendernos y pasarlo bien…

Carlos se refugió en sus estiramientos para no continuar charlando. Respiraba hondo porque tampoco quería enfadarse. María respetó su silencio y esperó a que acabara con su rutina. Al final, él se acercó a beber a la fuente, sin decir nada. La verdad es que no sabía qué decir. No quería haberse enfadado, pero en aquel momento le gustaría que María se fuera, que le dejara solo. María, por su parte, no entendía el cambio de actitud de Carlos.

- ¿Hay otra? ¿Es eso? – le preguntó al fin- Si es por eso no pasa nada, me lo dices y desaparezco de tu vida. Pero no me mientas.
- ¿A ti qué te importa si hay otra? – Carlos se oía a sí mismo como si fuera otro el que hablara- A lo mejor la otra eres tú.

María miró a los ojos a Carlos y no podía creer que hubiera tanta rabia en ellos. Decidió que era mejor terminar con aquello de una vez. Rompió delante de sus narices el papel con la reserva y lo tiró al cauce del arroyo.

- Pasa de mí. Ya me las apañaré.

Carlos vio cómo María se volvió y se dirigió con paso apresurado a la estación de metro cercana.

¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué se había comportado como un niñato? Ni siquiera sabía si las últimas palabras de María significaban que lo suyo había acabado antes de empezar. Había ocurrido todo tan deprisa…

En el fondo, María se la había vuelto a jugar. De nuevo Carlos se había visto obligado a hacer un movimiento porque ella había movido pieza primero. Lo que no sabía era cómo cojones continuaba el juego.

PRÓXIMA ENTREGA: ¿Romper -al menos aparentemente- con María significa que Carlos tiene vía libre hacia Luci? ¿Sentirá Carlos remordimientos por haber tratado así a María? ¿Desaparecerá María realmente de su vida? Veremos.

Recapitulando antes de seguir

Ha sido mucho tiempo de parón, pero ya estamos de vuelta. Pronto, muy pronto, la nueva entrega de La Tapia. Pero antes, para recordar o para los nuevos lectores, aquí va un PDF con todo lo publicado hasta el momento.

PDF con los capítulos 1 al 7 (Fragmentos 1 al 18)

Permaneced atentos, que el 19 está al caer.

Paréntesis promocional

Que no escriba por aquí no significa que lo tenga abandonado, pero debéis entender que desde mediados de Marzo estoy con la cabeza en otro sitio. ¿No sabéis dónde? Bueno, yo os lo cuento. Estoy pensando cómo promocionar El caso del hada falsamente ahogada. ¿No sabéis de qué hablo?

El caso del hada falsamente ahogada es una maravillosa novela de aventuras, misterio y fantasía, una mezcla del género fantástico con el policiaco, una lectura amena y absorbente. Para resumir, es mi primera novela.

La edita Mundos Épicos y se puede aquirir ya en muchísimas librerías o pedirla si no la tienen. No esperéis más. Disfrutaréis leyéndola.

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18.- LA DECLARACIÓN

Que esté a punto de salir a la venta mi primera novela,El caso del hada falsamente ahogada, no es motivo suficiente para que abandone esta novela por entregas. Aquí va la decimoctava entrega.

¿Sería una traición si hablaba con Luci antes de llamar a María? Estaba decidido a pasar el resto de la vida de María junto a ella, y no tenía por qué influirle lo que su amiga fuera a contarle ahora, o eso quería creer.

Luci le esperaba en una de las terrazas del lago de la Casa de Campo. Ya tenía dos cervezas sobre la mesa porque conocía muy bien a Carlos y sabía que llegaría puntual a la cita.

La luz de un sol que se estaba ocultando transformaba las aguas del lago y alargaba las sombras de los árboles, dando a entender que algo terminaba y algo nuevo estaba a punto de comenzar. Carlos besó a Luci en la mejilla y se sentó a su lado.

-       ¿Para mí?- preguntó señalando la cerveza.

Luci afirmó y Carlos dio un buen trago al tercio de Mahou.

-       Tú dirás- Carlos intentaba aparentar indiferencia.

-       ¿No imaginas lo que te voy a decir?

No podía mentirle. Claro que lo imaginaba, pero no iba a comenzar la conversación. ¿Y si estaba equivocado?

-       Tú me has llamado, así que… mejor me cuentas.

-       Verás, Carlos- Luci se mojó los labios con la lengua, dispuesta a lanzar un discurso ensayado mil veces ante el espejo de su baño-. He conocido un chico en la universidad- sabía que tenía que comenzar por ahí-, un chico muy divertido, y muy guapo. Está en mi mismo grupo de trabajo de clase y la verdad es que nos llevamos muy bien.

En ese punto, Luci hizo la pausa que había previsto para ver la reacción de Carlos. Carlos la miraba fijamente, intentando no mostrar que sospechaba que no era eso lo que quería contarle.

-       El otro día salí por Moncloa con mis compañeros- continuó Luci-. Y bueno, este chico me besó. No llegamos a más porque yo no quise. No voy a decirte que no me gustara, pero… Carlos todo esto me ha hecho darme cuenta de algo.

-       ¿Todo esto?

-       Sí, que este chico me besara, que tú estés tonteando con esa loca… Que te note cada vez más distante… Carlos, para mí no eres solo un amigo. Desde hace tiempo me gustas, me gustas mucho. Y creo que yo también te gusto. Por eso el otro día, en cuanto te llamó esa chica y te fuiste corriendo, sentí como un puñetazo en el estómago, por poco vomito. Y cuanto este chico me besó, pensé “me gusta, pero no es Carlos”. No podía aguantar más. No sé si me estoy declarando o qué, pero es lo que tenía que contarte.

Carlos no había previsto ninguna respuesta. Tampoco sabía qué decir, así que recurrió a algo que le sonaba a tópico incluso antes de pronunciarlo.

-       Somos amigos, la cagaríamos si nos enrolláramos.

-       Joder, Carlos, no me vengas con eso. ¿Te gusta mucho esa chica?

¿Qué podía responder Carlos? Al fin y al cabo, Luci era su mejor amiga, así que lo justo sería contarle la verdad.

-       Luci, no sé cómo… me gusta, pero es que hay algo más… María se está muriendo.

-       Si vas a empezar con la coña, pasa de mi culo.

Luci hizo un amago de levantarse, enfadada. Carlos la agarró suavemente por la muñeca para que volviera a sentarse.

-       Es verdad. Tiene cáncer y la va a palmar pronto, un año o dos como mucho. Me ha pedido que esté con ella hasta que muera.

-       No jodas.

-       Lo que oyes.

-       ¿Y le has dicho que sí?

-       Todavía no le he respondido.

-       ¿Sabe ella lo de tu madre?

-       No, no le he contado nada.

-       Carlos, da igual lo que te he dicho antes. Olvídate de que me gustas, olvídate de que no paro de pensar en ti, ahora te lo digo como amiga: no puedes estar con ella por pena. Sufriste mucho cuando lo de tu madre. ¿Vas a pasar otra vez por algo así con alguien que casi no conoces?

Carlos no podía negar que Luci le conocía mejor que nadie. Harían una buena pareja, pero…

-       No voy a estar con ella por pena. Me gusta, me sorprende, me hace sentir cosas que no había sentido… Tú también me gustas, Luci, mucho, pero las cosas han pasado así. No es el momento. A lo mejor más adelante.

-       ¿Cuándo ella muera, quieres decir?- Luci parecía enfadada.

-       No. O sí. No te digo que me esperes ni chorradas de esas, pero tengo que estar con ella, no puedo negarme. Lo siento.

Luci iba a decir algo, pero dejó las palabras en su boca y volvió a tragarlas junto con un trago de cerveza.

-       No puedo competir con una muerta, ni podré cuando esté muerta de verdad. Las birras están pagadas.

Luci le plantó un beso en la boca a Carlos sin dejarle tiempo a reaccionar. Se levantó y se largó rápidamente de allí, antes de que Carlos pudiera ver que estaba llorando.

PRÓXIMA ENTREGA: Tener dos chicas a tu disposición no siempre es algo tan divertido como pueda pensarse. ¿Llamará Carlos a María o lo volverá a pensar tras esta conversación con Luci? ¿Qué queréis que haga?

 

 

17.- EL FAVOR

El resto del día Carlos trabajó como un zombi, deambulando de un lineal a otro sin destino fijo.

María no se había echado a llorar en ningún momento, no había sentido compasión por sí misma, no había suplicado vivir más, no había insultado a los médicos o a la puta vida. Eso ya lo había hecho a solas en el pasado.

María había acabado pidiéndole un único favor.

-       No sé cuánto me queda- le había dicho-. No me dan más de un año. Quiero ser feliz y tú puedes darme esa felicidad. Estoy segura de que eres la única persona que conozco con la que quiero pasar el resto de mi vida.

Mientras colocaba los botes de Cola-cao con cuidado para que no se le cayeran, Carlos seguía dando vueltas una y otra vez a aquella petición. Él no le había respondido al instante, le había pedido tiempo para reflexionar. Porque el cáncer le asustaba.

Mucho.

Carlos había sufrido la enfermedad de su madre día a día, la había visto alegre y optimista al principio y débil y decaída al final. Había llorado cada noche mientras duró la enfermedad y mucho más cuando todo acabó. Si no quería pasar otra vez por algo parecido, sólo tenía que negarse, decirle a María la verdad, que no estaba dispuesto a volver a sufrir lo que ya había sufrido.

Carlos decidió quedar con ella para comunicarle su decisión, pero al instante recordó la cantidad de veces que había llamado cobarde a su padre en su cabeza, el odio que había acumulado contra él porque creía que le había fallado a su madre. Vale que él no tenía el mismo compromiso con María que su padre con su madre, pero, ¿era eso suficiente excusa? Pasar de ella, ¿no sería comportarse con la misma cobardía que tanto había criticado? ¿Podría negarse y seguir viviendo como si nada? No, estaba seguro de que no.

Carlos cambió de opinión y decidió que estaría con ella, que le acompañaría en su camino hacia la muerte.

En cuanto terminó su turno, Carlos cogió su teléfono móvil y respiró hondo para coger fuerzas. Aunque le costara trabajo, iba a hacer lo correcto. Sin embargo, el teléfono sonó antes de que él marcara. En la pantalla se leía “Luci”. ¿Por qué llamaba justo ahora? Carlos descolgó.

-       ¿Sí? ¿Qué pasa, Luci?

-       Hola, Carlos… ¿Puedes hablar?

-       Sí, ya he salido del curro.

-       Me gustaría quedar contigo.

-       Bueno, nos vimos ayer… ¿Ha pasado algo?

-       No. Bueno, sí… Bueno, pasar no… sólo que… he estado pensando…

Luci se calló al otro lado. Carlos sospechaba a dónde quería llevar la conversación. Y era el peor momento para ello, pero no podía colgarle.

-       ¿Luci?

-       Sí, Carlos. Es que… quiero hablar contigo, los dos solos. No puedo esperar más a decirte una cosa.

PRÓXIMA ENTREGA: Carlos se ve cada vez más en una encrucijada. Ya sabe lo que va a decirle Luci. ¿Y él? ¿Qué hará? ¿Podrá poner en orden sus pensamientos? ¿Podrá estar con María no por pena sino para vivir una fugaz la felicidad junto a ella? ¿Y si Luci es la mujer de su vida? ¿Qué queréis que haga? ¿A quién preferís que elija?

16.- LA VERDAD

Carlos quería enfadarse con María, gritarle, pasar de ella, enviarla a la mierda delante de todo el mundo. Pero en lugar de eso, aceptó su mano cuando ella se la tendió, y salió a la calle.

-       Estás loca, tía. ¿Qué mierda es esa de que estás embarazada?

-       De alguna forma tenía que sacarte de ahí.

-       Estoy hasta los cojones de ti, ¿sabes? Voy a volver dentro y no quiero verte nunca más.

Carlos se sintió muy orgulloso de su tono tajante, así que lo acompañó con un giro corporal. Volvió hacia el hipermercado.

-       Sólo serán diez minutos. Quiero contarte toda la verdad.

Carlos se detuvo, pero no se giró de nuevo hacia María. Aún no.

Algo le decía que si pasaba de ella y entraba a trabajar, saldría de su vida para siempre, pero –del mismo modo- si se volvía para escuchar esos diez minutos de historia, entraría en su vida también para siempre. No podía tomar una decisión así a la ligera.

Sentía el silencio de María a sus espaldas, palpitando en el espacio que les separaba. Como en aquella historia bíblica que su madre le contaba, Carlos terminó por volverse aún a riesgo de convertirse en estatua de sal.

-       Vamos a tomar algo.

Carlos se dirigió a la Cafetería-Cervecería García, muy cerca del lugar donde trabajaba, en el mismo Paseo de Extremadura. Al entrar, María vio los taburetes junto a la barra, la gente charlando animadamente y se frenó en seco.

-       ¿Podemos ir a un sitio más tranquilo?

Carlos se encogió de hombros y salió a la calle. Aunque hacía algo de aire, el día estaba soleado, por lo que decidió caminar hacia la Avenida de Portugal. Allí se sentaron sobre la fría piedra de uno de sus bancos centrales.

-       Cuenta. Y espero que esta vez no te levantes y te pires de pronto.

-       Tranquilo. Déjame hablar y después, si quieres, me voy.

Carlos agradecía el fresco del asiento en sus glúteos. Le ayudaban a mantenerse despejado. María comenzó a hablar.

-       Lo que te conté sobre el día que me encontraste en el arroyo tiene parte de verdad y parte de mentira. Te dije que me había drogado en una fiesta y eso es verdad. Pero no fui con los colegas a la Casa de Campo. Fui yo sola….

María se detuvo, ordenando sus pensamientos.

-       Mejor te lo cuento todo desde el principio. – Tomó aire- Hace poco más de un año me diagnosticaron un cáncer de páncreas. Al principio me pareció una injusticia, no entendía por qué me tocaba a mí.

-       ¿Estás de coña? – Carlos no podía creer lo que le contaba María. No quería creer que el cáncer volviera entrar en su vida por esa puerta. Había tenido suficiente con la muerte de su madre.

-       No bromearía sobre algo tan serio. Déjame continuar.

Carlos sintió deseos de levantarse y huir, pero no podía hacerlo. ¿Acaso no había recriminado siempre a su padre no haber ayudado a su madre? ¿Iba a hacer él lo mismo con María? Porque tenía claro que la chica pedía su ayuda.

-       Mi padre tiene empresas y mucho dinero y compró consejo a los mejores médicos.

-       Espera, ¿tu padre no se llamará Don Francisco y tendrá un Audi?

-       No- María no entendía a qué venía esa pregunta-. Mi padre se llama Arturo y tiene dos Mercedes y un Smart. ¿Por qué?

-       Por nada – Carlos sólo quería comprobar si todo aquello tenía algún sentido, si de alguna forma María estaba conectada a su vida por algún lazo anterior a aquel día en el arroyo-. Sigue.

-       Pues eso, que los médicos me vieron y aunque con mucha palabrería me querían dar esperanzas, yo veía en sus ojos que no encontraban ningún futuro para mí. Me negué a seguir con la quimio a las pocas semanas. Si tengo que morir, por lo menos que sea sintiéndome yo misma, no un despojo de lo que fui. Aún así, estuve mucho tiempo sin querer salir de casa. Mi novio me puso una excusa absurda para dejarme, y eso fue lo que me hizo cambiar de actitud.

-       Hijo de puta- se le escapó a Carlos.

-       No le culpo. Ya no estábamos bien. La enfermedad fue solo la gota que colmó el vaso. Una mañana me levanté de la cama y decidí que ya estaba bien de lamentarme, que lo que tenía que hacer era vivir a tope lo poco que me quedara. Lo que te conté de que me fui a una fiesta y me drogué es verdad. Nunca había tomado drogas antes y quería experimentar. Pero te mentí cuando te dije que todos nos fuimos a la Casa de Campo. Me fui yo sola.

Un corredor pasó cerca de ellos atravesando la Avenida. María esperó a que dejaran de oírse sus zancadas para continuar.

-       Me había disfrazado de Karina, como te conté y al verme en un espejo me vi guapa, pero mi disfraz parecía más el de una prostituta rusa que el de una cantante española. Y me dije, ¿por qué no? Qué era vivir a tope si no experimentar. Me vine hasta la Casa de Campo con la intención de hacerme pasar por puta. Quería tirarme a un tío y cobrar por ello. Me daba igual si algún chulo se me acercaba a echarme. Nada podía ser peor que mi enfermedad. Pero no se acercó ningún chulo. Se acercó un cliente. No un viejo asqueroso y maloliente. No. Se acercó un chaval joven, limpio, casi seguro que con novia. Y me dio asco, mucho más asco que si hubiera sido un gordo con el pelo lleno de grasa. Aunque el tío aquel no me persiguió, yo salí corriendo y salté la pequeña valla que rodea el arroyo. Me tumbé en la orilla a llorar y me quedé dormida, de bajón. Ya sabes lo que pasó cuando me desperté.

-       ¿Por qué me diste tu número?

-       Seguí un impulso.

-        Ya. Y después seguiste el impulso de pasar de mi culo.

-       No sabes cuánto te equivocas. Cada vez que no respondía a tus llamadas era porque me encontraba mal, vomitando y con dolores inaguantables o ingresada en el hospital.

María cogió la mano de Carlos, aún caliente en el fresco de la mañana.

-       Desde que me encontraste aquel día, no he dejado de pensar en ti ni un solo minuto.

PRÓXIMA ENTREGA: Todo cobra sentido de repente. ¿Cómo afectará la verdad a Carlos? ¿Qué ha llevado a María a contarle todo? ¿Qué papel jugará Luci? ¿Hacia dónde se dirige esta historia? Ya sabéis que podéis dar ideas. El destino de nuestros protagonistas está por escribir.

15.- CONFUSIÓN

Carlos durmió a sorbos aquella noche. Sus pensamientos peleaban entre sí sin permitirle descansar. Al final, decidió levantarse cuando apenas clareaba el día, se vistió con ropa de deporte, estiró un poco, comió un plátano y salió a correr desde su casa.

Antes incluso de entrar a la Casa de Campo por Puerta del Ángel, ya sus pensamientos se alineaban intentando establecer un orden de prioridades. Hacía sólo un par de noches hubiera jurado que se estaba enamorando de María. ¿Era verdad, o sólo tenía un calentón? ¿Había confundido su ansia por perder la virginidad con otro sentimiento? ¿Podía enamorarse de alguien a quien apenas conocía y que desaparecía cada vez que le venía en gana? Incluso, ¿era María la indicada para su primera vez?

Otra línea de ideas se ordenaba en otra estantería. ¿Estaba Luci realmente enamorada de él? ¿Por qué él siempre la había considerado sólo como amiga? Era guapa, pero tenía sus líos con otros chicos y a él nunca le había importado. No se imaginaba liado con ella. Al menos, no hasta ahora.

Aquellos pensamientos, en un orden primero, en otro después, ocupando ahora la cabeza del lineal, ahora una posición baja, se sucedieron durante toda la carrera. Como siempre, el ejercicio le ayudó a reflexionar. Llegó a la conclusión de que debía olvidar a María de una vez. Nada le garantizaba que volviera a encontrarse con ella si él no volvía a llamarla.

Y Luci… Bueno, aquello era mucho más complicado.

Aún era temprano cuando Carlos se duchó y fue a trabajar al hipermercado. Aunque los cincuentas minutos de tapia y la ducha le habían despejado, la noche en vela hacía mella en él. Se preparó un café en la máquina del cuarto de empleados antes de empezar su turno. Un par de compañeros con aspecto de haber pasado toda la noche de fiesta se acercaron a él.

-       ¿Tapias, quieres?

Lo que le ofrecían era cocaína. Carlos la rechazó. No entendía a esos idiotas que se gastaban un sueldo de mierda en droga que le permitía mantenerse despierto para ganar un sueldo de mierda que gastarían en droga que usarían para mantenerse despiertos para trabajar. Un puto círculo vicioso sin sentido.

Su compañero Paco Machuca ya le había advertido que no se acercara a aquellos dos, y Carlos escuchaba sus consejos con bastante respeto. De hecho, mientras reponían el lineal de conservas, Carlos le comentó su dilema. Tenía una amiga guapa y divertida que nunca había sido para él nada más que eso y ahora creía que estaba por él. ¿Sería un canalla si se aprovechaba de la situación y se enrollaba con ella?

-       Es un error enrollarse con una amiga- sentenció Paco Machuca-. Si la cosa sale mal, la perderás como amiga.

-       ¿Y si sale bien? – preguntó Carlos.

-       Nunca sale bien.

Carlos sabía que tenía razón, pero no quería renunciar del todo a la posibilidad que acababa de abrírsele. De momento seguiría tratando a Luci como amiga. Ya vería cómo se desarrollaban los acontecimientos.

No llevaba ni dos horas trabajando en el hipermercado, cuando alguien se acercó por detrás y le tapó los ojos.

-       ¡Sorpresa!

La voz era inconfundible. María había venido a visitarle.

-       ¿Qué cojones haces aquí?

-       ¿Así me recibes? Creí que te alegrarías de verme.

-       Te piras a las bravas y no me coges el teléfono. Mira, María, paso de ti, ¿sabes?

María cogió la mano de Carlos.

-       Sólo quiero hablar contigo un momento. Vamos a la calle diez minutos y te dejo.

-       ¿No ves que estoy trabajando?

-       ¿No te dan ni un ratito para descansar?

-       No, ni un segundo.

María miró alrededor y se fijó en un trabajador con un uniforme diferente que daba órdenes a otro empleado. Sin más se acercó a él. Carlos pudo oír con claridad lo que le dijo.

-       ¿Es usted el jefe de aquel chico? – preguntó señalando hacia él.

-       Bueno, no exactamente, pero sí, puede decirse que sí.

-       Tiene que dejarle que salga a la calle quince minutos.

-       Imposible. Hasta dentro de dos horas no tiene descanso.

-       Es que tengo que hablar con él.

-       Pues espera dos horas.

-       No puedo… Él no lo sabe, pero acabo de enterarme que estoy embarazada y él es el padre.

Carlos, desde su posición, alucinaba. El encargado le dio permiso para salir y tomarse la mañana libre si quería.

No podía negar que la chica sabía cómo sorprenderle.

PRÓXIMA ENTREGA: ¿Por qué inventaría María una mentira así? ¿Por qué reaparece de repente? ¿Qué va a contarle a Carlos?

14.- LUCI

El rostro serio y contraído de su hijo volvió a preocupar a Ramiro, que había visto con alegría cómo al fin Carlos abandonaba del estado de eterna apatía en el que había caído tras la muerte de su madre. Sin embargo, se había pasado todo el domingo tumbado en el sofá, intentando llamar sin éxito a alguien y no respondiendo a las llamadas de sus amigos. Cuando él quiso entablar alguna conversación, Carlos volvió a tratarle con el mismo desprecio y distancia que Ramiro creía ya desterrados.

Ramiro no era un hombre que supiera expresar sus sentimientos. Se sentía incómodo con cualquier muestra de cariño, inseguro ante una situación que requiriera hablar sobre afectos. Cuando vivía Carmen, su mujer, ella siempre bromeaba sobre que tenían el trabajo dividido, como en aquella canción. Mientras ella se encargaba de dar cariño, él se ocupaba de arreglar los enchufes.

A pesar de esa dificultad, Ramiro podía definirse como un tipo básicamente bueno, y sufría viendo que su hijo sufría. De modo que le echó valor, le levantó los pies del sofá, se sentó y volvió a ponerlos en su regazo.

-       Sé que lo último que quieres ahora es hablar conmigo, pero vas a hacerlo. Si no como padre, como compañero de piso.

-       Déjalo, papá. Tengo un mal día. Sólo es eso.

-       No quiero que me cuentes qué te pasa si no te apetece, pero por lo menos deja que te cuente yo cómo me ha ido a mí el día.

Carlos se sentó derecho en el sofá y dejó el móvil en la mesa. Si no tenía que hablar, ¿qué más le daba que su padre empezara a soltar un rollo sobre cuántos partidos había visto en la tele o cosas así? Con desconectar cuando se aburriera, tendría suficiente.

Ramiro le comentó cómo se había levantado temprano, se había dado una ducha y había bajado a desayunar al Paseo de Extremadura. Se había puesto un abrigo porque empezaba a refrescar por las mañanas. Mientras tomaba un café con porras, había leído el Marca. Después había dado un paseo por el barrio, comprado el pan y había vuelto al piso, donde lo había encontrado ya despierto y ya en el sofá, en la misma postura en que estaba ahora.  Lo demás ya lo sabía porque había sido testigo: había hecho la comida para los dos, había comido sin que su hijo dijera ni una palabra, había visto cómo Carlos había vuelto al sofá y había estado insistiendo una y otra vez con llamadas y mensajes de móvil que no tenían respuesta y no respondiendo a otras llamadas. Él se había sentado en el sillón, había hecho un poco de zapping por la tele, pero como los domingos nunca dan nada que merezca la pena, había vuelto a salir a tomar un café. Al volver se había encontrado a su hijo en la misma postura, hasta ahora.

-       Así que, como compañero de piso tuyo, me doy cuenta de que te pasa algo, y con lo pesado que estás con el teléfono, no puede ser otra cosa que una chica. ¿Es por tu amiga morenita, la del pelo corto?

¿Su amiga morenita?

-       No papá, no es por ella. Luci es sólo una amiga.

-       ¿Estás seguro? Porque te mira de una forma que…

-       Que sí, es sólo una amiga.

-       Si tú lo dices…

-       Que sí, coño.

-       De todas formas, es por una chica, no me equivocaba – respondió feliz Ramiro. Al fin su hijo se abría un poco.

Carlos había dejado de odiar a su padre, pero lo que menos le apetecía en ese momento era una charla condescendiente, sobre todo si salía con la tontería esa sobre su amiga morenita. Como si se hubiera animado de repente, se levantó del sofá, se vistió y dijo que iba a salir a dar una vuelta.

Justo cuando pisaba la calle, el móvil le sonó. No era María. Era Luci. Tras el comentario de su padre, se sintió casi en la obligación de responder.

-       ¿Dónde te metes? Estoy aquí en el Eusebio con estos tomando una caña, ¿te acercas?

¿Por qué no? Ya estaba bien de preocuparse por María. La había llamado mil veces y enviado un millón de mensajes, ahora le tocaba a ella responder si quería y si no, que se fuera a la mierda.

Al llegar al Eusebio, le esperaba una cerveza recién servida y una pregunta del Dientes:

-       ¿Qué, hubo tema?

Lo tenía que haber imaginado. Quedar con sus colegas no era la mejor manera para olvidarse de lo ocurrido la noche anterior, era la mejor manera para que no pudiera pensar en otra cosa.

-       A ti te lo voy a contar- quiso bromear.

-       Eso es que no hubo – sentenció Santi-. Pues si ayer no te la cepillaste, vete olvidando.

Carlos sintió una punzada de odio, un deseo repentino de golpear a Santi en todos los morros. Nunca había experimentado algo así. Se dio cuenta de que no le molestaba que se burlaran de él, eso era algo común en el grupo. Lo que le cabreaba era que hablaran mal de María. Por primera vez tuvo consciencia de que se estaba enamorando de ella más de lo aconsejable.

Aunque reprimió sus ganas de pelea, sus amigos se dieron cuenta de su reacción contenida por la forma en que apretó las mandíbulas y cerró los puños. Fue Luci la que le agarró por el hombro.

-       No les hagas caso a estos. Ya sabes que sólo piensan en lo mismo.

Carlos miró con agradecimiento a Luci, su “amiga morenita”. Miró después a sus otros amigos y sintió la necesidad de dar una explicación.

-       Por poco se me va la pinza, perdonad, tíos. Es que… no sé, la piba no está muy bien. Anoche se puso a llorar en medio de la Riviera y se piró. Y hoy no me coge el teléfono.

-       Te lo tienes merecido – dijo Luci.

-       ¿Qué cojones dices?

-       Que eso te pasa por ir babeando detrás de una colgada en cuanto te llama. Joder, nos lo estábamos pasando bien juntos, ¿no?

Carlos la miró de nuevo con más detenimiento. Luci le sonreía de una manera especial. Estaba tan claro, que no sabía cómo sólo se había dado cuenta su padre y nadie más. Vaya marrón: Luci estaba enamorada de él. 

PRÓXIMA ENTREGA: A Carlos se le acumulan los problemas. ¿Cómo manejará lo que acaba de descubrir? ¿Reaparecerá María en su vida o fue un espejismo?

13.- LA PRIMERA NOCHE

Un mes después llega la decimotercera entrega de La Tapia. Tal vez por ser el número maldito se ha retrasado tanto, pero la historia continúa.

La chavalería se agolpaba junto a la ventana de pedidos para llevar en el Burger King del Paseo Virgen del Puerto esquina con la Calle Segovia. Carlos se acercó caminando con paso rápido. A pesar del fresco de la noche, sudaba.

María esperaba ya en la acera, moviendo rítmicamente sus piernas expuestas a la brisa nocturna. Se había echado sobre los hombros desnudos una fina chaqueta para protegerse de la bajada de temperatura. Carlos admiró su figura mientras se acercaba a ella. Por primera vez la veía arreglada. Su corta falda y su acusado escote le provocaron un nuevo revuelo en su tripa.  Tomó aire.

María sonrió abiertamente al ver que se acercaba y corrió a recibirle. Carlos dudaba si besarla en la boca o en la cara, pero María no parecía tener ninguna duda. Le dio un beso húmedo en la mejilla. Carlos no supo cómo interpretar aquello. Un beso en los labios indicaba una cosa, dos besos en las mejillas, lo contrario, pero ¿un solo beso y además húmedo? Aquella chica siempre conseguía romperle sus esquemas, por eso necesitaba ser él quien iniciara la conversación, sentir que tomaba la iniciativa.

-       ¿Cómo es que ya estás aquí?- le preguntó- Yo vengo de aquí cerca y he tardado más.

-       Hay una cosa que se llama “taxi”- respondió ella burlona.

-       Ya- replicó él, también burlón-. ¿Y lo has pagado o has salido corriendo?

María sonrió y le cogió una mano.

-       Qué bien que vuelvo a verte. ¿Dónde vamos?

-       Depende de lo que te apetezca hacer.

-       Tomar una copa, ¿no? Te invito.

Al ver la mirada incrédula de Carlos, María sintió la necesidad de añadir algo más.

-       Esta vez pienso pagar, tranquilo.

-       ¿Seguro? No tengo ganas de acabar la noche corriendo.

-       Yo creía que te gustaba correr.

-       No con el estómago lleno. Venga, si vas a pagar ahí arriba hay un pafeto que pone buena música.

Carlos caminó hacia la calle Segovia para subir por ella, pero María agarró el brazo su brazo y señaló una larga hilera de jóvenes que esperaban pacientemente a sus espaldas.

-       ¿Para qué es esa cola?

-       Es para entrar en La Riviera. Creo que todas las semanas hacen una noche de Ibiza o una parida así. La gente lo flipa.

-       ¡La noche de Ibiza! No nos la podemos perder.

-       Paso de hacer cola, tía.

-       ¿Quién ha dicho que la vamos a hacer? Anda, ven conmigo y aprende.

María se dirigió con seguridad al principio de la larga cola y se acercó a una pareja joven que ocupaba el cuarto o quinto lugar.

-       ¿Me escucháis un momentito?

Antes de que cualquiera de los dos pudiera decir nada, María sacó de su bolsillo un billete de cincuenta euros.

-       Si hacéis como que nos estabais esperando y nos dejáis entrar con vosotros, os doy esto.

Los chicos miraron el billete y después se miraron entre ellos.

-       Primero danos el billete- dijo el chico.

María no tuvo ningún reparo en hacerlo. A los tres minutos, Carlos y ella estaban ya dentro de la discoteca.

-       Alucino contigo, tía.

María sonrió como respuesta y tiró de Carlos hacia la barra cercana a la pista de baile. Pronto los dos estaban moviéndose al ritmo que marcaba el Dj con una copa en la mano. María se acercó para comentar algo al oído a Carlos.

-       ¿Te has fijado? Casi nadie lleva una copa.

El aliento de la chica en su oreja, la cercanía de su rostro con el suyo, el olor a champú de su pelo… demasiadas sensaciones para un solo momento. Carlos agarró a María del cuello con su mano libre y la apretó contra sí. La besó. María no se resistió, le devolvió el beso.

Durante unos segundos, Carlos creyó estar aislado del mundo, se vio encerrado en una burbuja en la que María y él podían seguir besándose por toda la eternidad. La burbuja explotó a los pocos segundos, cuando María dejó de besarle y se apartó. Una riada de lágrimas surcaba su rostro. María estaba llorando. Carlos no entendía nada.

-       ¿Qué te pasa? – le gritó sobre la música.

-       Perdona, perdona- se justificaba María-. No es nada, de verdad…

Su voz, incluso entre el retumbar de los bajos del sistema de sonido, sonaba entrecortada. María no era capaz de continuar.

-       Lo siento… no puedo contarte… no puedo seguir aquí… Te llamo otro día, de verdad.

Carlos no entendía nada. María intentaba contener sus lágrimas, pero no lo conseguía. Se acercó a él y le dio un beso corto en los labios.

-       Eres un cielo.

Y se fue hacia la salida dejando a Carlos en medio de la pista de baile.

PRÓXIMA ENTREGA: Desde luego, esta María es toda una caja de sorpresas.  ¿Cómo queréis que reaccione Carlos? ¿Que se enfade? ¿Que se preocupe? ¿Que la dé por loca y pase definitivamente de ella? ¿Y ella? ¿Qué historia creéis que puede haber tras su llanto? Opinad, sugerid, esta historia también es vuestra.

12.- EXPECTATIVAS

La cita no había terminado demasiado bien. Tras vomitar, María había preferido coger un taxi y volver a casa. Sin embargo, antes de subir dio un leve beso en los labios a Carlos. Un beso con aliento agrio que se quedó cosquilleando mucho tiempo en su piel.

¿Cuánto hacía que no besaba a una chica? Tampoco se iba a engañar: sólo había besado de verdad a una. Cuando aún estudiaba, antes de que muriera su madre, había comenzado a salir con Sara, una compañera de clase. Tenían sólo quince años y todo era nuevo para ellos. Luci y Santi eran ya sus dos mejores amigos. Conocían al Dientes del barrio, pero aún no mantenían con él la estrecha relación de la actualidad.

Sara y él se querían a su manera adolescente, llena de reproches y alegrías explosivas. Él había intentado hacerlo con ella varias veces, pero Sara sólo se dejaba besar y participar en algún que otro tímido magreo. A Carlos no le había quedado más remedio que calmar su ansia masturbándose en soledad. Ni siquiera hasta ahí quería llegar Sara. A pesar de tanto recato, o precisamente gracias a él, Carlos estaba bastante colado por aquella chica.

Hasta que murió su madre.

Ya cuando enfermó, Carlos ponía excusas para no quedar con Sara. No le apetecía escuchar sus huecas palabras de ánimo, ni ver la expresión indulgente de su rostro. Tras la muerte, Carlos cortó por lo sano con todo. No volvió a clase ni volvió a salir con Sara. Incluso se preguntaba por qué no había cortado con su padre. Sólo Santi y Luci siguieron a su lado sin cambiar su actitud con respecto a él. Y fue entonces cuando el Dientes se ofreció con sinceridad a ayudarle en todo lo que hiciera falta. No lo dijo como una fórmula social manida. No se conocían tanto como para eso. El Dientes podía ser muchas cosas, pero desde luego no un hipócrita. Su gesto conmovió a Carlos y desde entonces el Dientes entró por la puerta grande en su círculo de amigos.

Ahora que el cosquilleo volvía a renacer en su estómago, se preguntaba si se estaba enamorando. Aunque tal vez simplemente sentía ansia porque veía cercana la posibilidad de perder al fin su virginidad. La idea de que María fuera la chica encargada de su “primera vez” le atraía y asustaba a partes iguales. Por lo poco que la conocía, no parecía una persona demasiado equilibrada. ¿Y si le daba por matarle despuésr? ¿Y si quería que practicaran cosas raras? En fin – se dijo-, ¿para qué adelantarse? A lo mejor esta tía es sólo la típica calientapollas.

Carlos le envió un mensaje a su móvil en cuanto llegó a casa. Se acostó sin que ella respondiera. Tampoco lo hizo al día siguiente. Carlos se enfadó, no tanto con María, sino consigo mismo. ¿Cómo podía haber sido tan iluso de pensar que María se iba a acostar con él si ni siquiera respondía a su mensaje? ¿De qué iba esa tía?

Toda su ira se aplacó en el momento en que su móvil le avisó de que tenía un mensaje. María le pedía perdón por lo de vómito y le decía que ya lo llamaría para quedar otra vez. Ninguna explicación de por qué había tardado tanto en contestar. Ninguna propuesta concreta. Pero había dado señales de vida. Carlos se reconcilió consigo mismo. Tenía a María en el bote.

Llegó el fin de semana y Santi lo llamó para salir a tomar algo por ahí. Luci y el Dientes, claro, también irían.

Los cuatro amigos bebían unos litros de cerveza charlando de esto y de lo de más allá. Luci, la única que continuaba estudiando, insistía en que no podía quedarse hasta muy tarde. Tenía que entregar un trabajo el lunes y le quedaba aún bastante por hacer. El Dientes no entendía cómo se podía perder el tiempo en cualquier trabajo escrito si ya estaba todo en internet. Él era de la opinión de que ya no era necesario aprender nada, bastaba con tener una buena conexión.

Tras el tercer o cuarto litro, Santi sacó el tema de María. Le extrañaba que Carlos no hubiera contado nada.

-       Eso es porque has quedado con ella – aseguró el Dientes.

-       ¿Cómo lo sabes?

-       Porque sí, porque es mazo raro que no cuentes nada.

-       ¿Qué pasa? – dijo Santi- ¿Qué no quieres que nos enteremos de cómo te fue?

-       ¿Te la…?- preguntó el Dientes haciendo un gesto obsceno con el brazo.

La única que no preguntó nada fue Luci. Carlos miró a sus tres amigos y afirmó con la cabeza.

-       Sí, quedé con ella, pero no me la…- imitó el gesto del Dientes.

-       ¿No se dejó o no lo intentaste?- Quiso saber Santi.

-       Ya está bien, ¿no?- se molestó Luci- ¿No veis que no quiere hablar?

Los tres chicos se quedaron un poco sorprendidos por la salida de tono de su amiga. El Dientes lo interpretó de la única manera que podía interpretarlo.

-       Ay, ay, ay, que Luci está celosilla. Ven que te dé un abrazo.

-       Déjate de gilipolleces. Ni celosa ni nada, pero es que estáis agobiando a Carlos.

Luci miró a Carlos buscando apoyo a sus palabras, pero Carlos no se sentía en absoluto agobiado por el interés de sus amigos. De hecho, pensaba que podían darle ideas sobre cómo afrontar su primera vez. Santi había tenido una novia más de un año, el Dientes se había liado con algunas cajeras del Eroski en el que trabajaba y Luci, bueno, Luci era muy reservada, pero seguro que en se primer año en la Universidad se ponía las botas. Una chica guapa y lanzada como ella debía tener éxito.

Carlos quería preguntar qué hacer, sin embargo, por primera vez desde que los cuatro amigos salían juntos, la presencia de Luci le cohibía. Creía que no era apropiado sacar el tema. ¿Quería decir eso que sentía algo por ella? Qué tontería, Luci era una amiga, sólo una amiga. Si quería demostrarse a sí mismo que era así, debía hablar de María con la misma confianza que con Santi o el Dientes.

-       No, no me agobiáis- optó por decir Carlos-. Lo que pasa es que no quería daros el peñazo.

-       Cuenta, cuenta, ¿cómo fue?- el Dientes estaba impaciente por conocer detalles escabrosos.

-       Nada. Fuimos a una terraza al lado de Principe Pío a tomar unas cervezas, comimos un pulpo, bebimos un poco… y al final hicimos un sinpa.

-       No jodas… ¿fue idea tuya?

-       Que va, la tía está un poco más p’allá que p’acá. Me dijo que me esperaba en donde la ermita y salió corriendo.

Los chicos rieron, incluso Luci dibujó una sonrisa.

-       Cuando llegué a la ermita empezó a reír. Estaba muy guapa y me lancé a darle un muerdo.

-       ¡Y te dio una hostia! – Se adelantó el Dientes.

-       Peor.

Carlos se calló unos segundos sabiendo que sus amigos ansiaban saber qué había ocurrido. Tras disfrutar de sus caras de expectación, terminó su relato.

-       Me vomitó.

Ahora eran sus amigos los que callaron, sin saber muy bien qué decir. Fue el Dientes quien rompió el breve silencio.

-       Eso es que a la tía no le sienta bien la priva. Mejor, el próximo finde la invitas a unos pelotazos y te la follas, fijo.

Como respuesta a la idea del Dientes, el teléfono de Carlos sonó. Carlos miró su pantalla y la mostró a sus amigos.

-       Es María – dijo antes de responder y alejarse unos metros para hablar con ella en silencio.

María le dijo que estaba con sus amigas pero se aburría como una ostra. ¿Podían quedar en algún sitio? María nombró algunos locales que Carlos no conocía y Carlos algunos otros que no conocía María. Al final, se citaron en el Burger King de la calle Segovia. Se verían en media hora. Cuando colgó, Carlos se acercó a sus amigos.

-       Me tengo que ir. He quedado con ella.

-       Suerte, tío. Esta noche tiene que caer- le deseó Santi.

-       Haz lo que quieras- dijo Luci-, pero esa tía te tiene dominado.

Carlos se encogió de hombros, dio un último buche al litro y se alejó con una amplia sonrisa en su rostro y un preservativo en su cartera.

PRÓXIMA ENTREGA: ¿Lo hará Carlos esta noche? ¿Le sorprenderá María con alguna excentricidad? ¿Hace bien en acudir a su llamada cual corderillo? ¿Qué queréis que ocurra en el siguiente fragmento? Pedid y lo veréis reflejado en la siguiente entrega de LA TAPIA.

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